Andrés Brito

Cuidemos a los cuidadores

 

 

(segunda parte)

Por ANDRÉS BRITO

 

En mi anterior colaboración en este espacio abordé el tema de la importancia de que la familia y la colectividad misma asuman su responsabilidad en el cuidado de las personas adultas mayores o en condiciones de dependencia. En esta ocasión ampliaré algunos de esos conceptos.

Cuidar a una persona mayor o dependiente es una labor en extremo pesada por sí misma, especialmente por la falta de descanso, a lo que se agrega lo costoso que puede llegar a ser.

 

Hago un hoyo para tapar otro hoyo

Decía en la entrega anterior que no son pocos los casos de quienes para atender a un familiar deben renunciar a su empleo o desatender sus fuentes de ingresos económicos, cualquiera que estos sean, realidad que no podemos ignorar para impedir que estemos abriendo un hoyo para tapar otro hoyo.

El cuidador desconoce cuánto tiempo tendrá que serlo, por lo que debe formarse, planificarse y prepararse para poder desarrollar su función en las mejores condiciones

Las afectaciones físicas, emocionales y en el ámbito social de las que antes hablamos significan un enorme riesgo: para prevenir o atender estos problemas, el (la) cuidador (a) informal debe ocuparse en forma prioritaria de su autocuidado, que consiste en prácticas y decisiones a aplicar en lo personal (sobre todo cuando carece de apoyos), a nivel familiar o en grupo para atender su propia salud, y está ligado con las habilidades adquiridas en el trascurso de su vida, y tienen como propósito mantener, recuperar o prolongar la salud y prevenir la enfermedad.

 

¡Cuídese!

Para poder cuidar, ¡el cuidador necesita cuidarse!… pero desgraciadamente nadie nos ha dicho cómo, y hasta ahora son escasos (por no decir “nulos”) los apoyos con que disponen los cuidadores.

Las madres solteras cuentan con guarderías o estancias infantiles o a las mujeres en situaciones de violencia con instituciones que les brindan apoyos económicos, legales, médicos y sicológicos cuando lo requieren, por no citar los apoyos a disposición de los adultos mayores y otras comunidades en situación de dependencia, pero los cuidadores ni siquiera son visibles para el resto de la sociedad.

 

¿Qué puede hacer para cuidarse?

Algunos consejos para prevenir la sobrecarga de trabajo del cuidador en el ámbito físico son atender su salud y acudir con regularidad al médico, vigilar su descanso, respetar los horarios de comida y mantener una dieta equilibrada, diseñar un plan de cuidados, priorizar las actividades y distribuir el tiempo y esfuerzo que les dedica a cada una, ser consciente de sus límites, y aprender a decir NO ante solicitudes no urgentes.

Para atender los problemas psíquicos y emocionales se recomienda mantener una actitud optimista y motivadora para no caer en la monotonía, dedicar tiempo para hacer algo que le guste sin que provoque remordimientos, aprender a relajarse y actuar con paciencia ante situaciones que puedan desbordarle, y fomentar su autoestima, valorando todo lo que hace día a día.

En materia social los especialistas sugieren buscar información y asesoría profesional sobre recursos y ayudas, así como utensilios y productos de apoyo para el cuidado, continuar aquellas actividades o aficiones que le gratificaban, que le ayudará a relajarse y prevenir el aislamiento y la soledad, y si los cuidados no le permiten salir con frecuencia, utilizar el teléfono para comunicarse con amigos y/o familiares.

 

El cuidador desconocido

No es extraño que los cuidadores de personas en situación de dependencia merezcan “el reconocimiento” público. Las alabanzas a ese joven, esa hija o aquella vecina que ha renunciado a muchas cosas para atender a una persona de la tercera edad (sea o no de su familia) de poco sirven cuando no vienen acompañadas de acciones concretas para garantizar el bienestar de esos individuos que bien podrían posar como modelos para el Monumento al Cuidador Desconocido.

El cuidador no es un héroe que aspire al reconocimiento social: es una persona que –la mayoría de las veces– “quedó atrapada” en el domicilio de quien debe apoyar y proteger; es un ser humano que en ocasiones piensa para su interior “¡pinche vieja, por qué no te mueres y me dejas en paz!”, aunque deba arrepentirse antes de terminar su fugaz idea destructiva; es un hombre o una mujer con derecho a una vida digna, alegre, motivadora, o, al menos un ser con necesidades materiales y afectivas.

Si la joven a la que usted “reconoce su entrega por atender a su abuelita” sabe tejer suéteres de lana, ¡cómprele un suéter de lana! Si el sesentón de la casa de enfrente que cuida desde hace años a su madre (y ya casi ni sale) sabe tomar fotografías, ¡pídale que vaya a tomar las fotos en la boda de su cuñada! Al hacerlo no sólo les estará apoyando en lo económico, sino contribuirá a hacerlos sentir útiles y a brindarles la oportunidad de olvidar por un momento lo monótono de su existencia.

Pero el mayor estímulo que puede recibir un cuidador informal es el de su familia cuando le avisan que el próximo fin de semana puede irse a un balneario, para el que le regalan las entradas, “mientras nosotros acompañamos a mi mamá”, ¿no cree?

 

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